(Los Ancares, Monasterio de Sta Mª de Carracedo. Las Médulas y el valle del silencio)

DATOS GENERALES:

Zona visitada: El Bierzo. Noroeste de la provincia de León. Población mayor de referencia: Ponferrada.
Recorrido:      Los Ancares (León y Lugo): Ambasmestas-Balboa-Cantexeira-Castañeiro-Cela-Piornedo de Ancares (estas dos últimas poblaciones en Lugo)-Suárbol-Balouta-Pereda de Ancares-Vega de Espinareda-San Martín-Burbia-Campo del Agua-Porcarizas-Villar de Acero-Paradaseca-Villafranca del Bierzo
                        Monasterio de Carracedo. Población: Carracedo
                        Las Médulas: Carracedo-Carucedo-Orellán-Las Médulas
                        Valle del Silencio: Las Médulas-Ponferrada-Peñalba de Santiago
Km totales:     Desde Madrid: Unos 1.100
Campings:      Burbia y Vega de Espinareda
Vehículo:        Camper. VW California Coach




30 de abril. Los Ancares: Balboa y Cantexeira.

Salimos de Madrid sin grandes dificultades y  4 horas después abandonamos la autovía en Ambasmestas para dirigirnos hacia Balboa. Comenzamos así una ruta diseñada con la ayuda de nuestro amigo Oskarbierzo, un enamorado de su tierra, por una de las zonas más desconocidas y apasionantes de nuestra geografía: la comarca de los Ancares. 

Balboa,
final de nuestra primera etapa, se descubre al fondo de un valle, y a su entrada una curiosa construcción sobre la que ya tenía alguna información: la palloza, vivienda circular con paredes de piedra y tejado de paja típica de esta zona, con hórreo a su lado. Atraidos por esta extraña construcción destinada a bar, entramos en ella. En la  penumbra interior distinguimos su gran tamaño, pero sobre todo, la altura de su techo cónico y desnudo que guardaba proporción con su diámetro,. Pero ésta era solo la primera de otras que a lo largo de nuestro recorrido iríamos encontrando. Cada una nos mostraría pedazos de información hasta completar una imagen de lo que eran estas viviendas únicas.

Buscando un sitio donde pernoctar, subimos por una retorcida carretera a Cantexeira, que apareció colgado en la ladera. Sin atrevernos a seguir por sus empinadas y estrechas callejuelas, dejamos  la camper a la entrada y caminamos hasta llegar a otra gran palloza, también convertida en restaurante. Aunque estaba cerrada, su dueño la preparaba para el siguiente día festivo y nos permitió pasar. Su interior, en dos niveles,  nos trasladó casi repentinamente a un mundo casi irreal, donde igualmente reinaba la oscuridad. En esta penumbra  comenzamos a distinguir curiosas y extrañas esculturas de madera, pudiendo ser el escenario ideal para cualquier película, pero la primera que me vino a cabeza fue “El Señor de los anillos”. En su exterior, un pequeño hórreo y casas de turismo rural, y un paisaje de fondo único. Dada la pendiente, regresamos a Balboa, donde al lado de un riachuelo  en un camino apartado a unos 100 m de la primera palloza, nos instalamos para pasar una tranquila noche.

1 de mayo. Los Ancares:Piornedo de Ancares y Campo del agua

El día era soleado y con la alegría que da el sol, partimos para hacer un recorrido casi circular por el que nos adentraríamos en la provincia de Lugo. Dejamos abajo Balboa  así como un conjunto de palloza con estancias anejas, en medio del campo cercano a Balboa  que se divisaba desde la carretera. Ascendimos por ésta  entre islotes de castaños centenarios, de gruesos troncos y brazos abiertos, extendidos, casi tocándose unos con otros como
huyendo de una vejez solitaria, troncos rectos, con muñones de podas, cubiertos de musgo... testigos silenciosos del pasar de los años. No dejaba de sorprendernos el tamaño y las caprichosas formas de estos añosos castaños. Tras “islotes” arbolados aparecían laderas desnudas por las que caían cascadas de agua. 

La primavera había sido generosa con esta dura tierra, y nos regalaba la vista con todo un mosaico de colores: blanco de los brezos y las retamas, violeta, también de las retamas y amarillo de las genistas. Me sorprendía la belleza primaveral de unas plantas sosas en otras estaciones, como la retama o la genista. De vez en cuando aparecían conjuntos de casas que más que pueblos eran aldeas y dejamos atrás Castañeiro, el último pueblo de la provincia de Leon.

La carretera serpenteaba entre bosques de robles, castaños o sencillamente por laderas despobladas de arboles por las que corrían arroyuelos y canales que conducían el agua para regar los prados. Al final de una subida en un pequeño pueblo, nos encontramos en un cruce de carreteras dudando de qué camino seguir, y al levantar la vista del mapa pudimos contemplar un conjunto de pallozas junto a sus respectivos hórreos: Piornedo de Ancares. Decidimos hacer un alto en el camino y pasear por este lugar que pronto nos cautivó, arrastrándonos a recorrer sus empedradas calles a las que se asomaban pallozas y hórreos. El tiempo primero pareció haberse congelado y luego retrocedido: cada rincón a nuestro alrededor evocaba un pasado no muy lejano, pero a nuestros ojos, muy extraño. Esas construcciones para nada tenían que ver con lo que hasta ahora conociámos.  Parecía que Axterix y Obelix  iban a aparecer por sus calles de un momento a otro...y el olor...olía a ganado, a estiercol de vaca, a humo, a leña quemada...olores evocadores de momentos de mi infancia, olor a pasado...

Nuestros pasos resonaban en el silencio del lugar  y en ese silencio casi religioso, llegamos a la puerta de una palloza-museo que invitaba a entrar si así lo pedíamos en la casa de enfrente. Lo hicimos y al rato nos abrieron. Pero esa puerta  se abrió a otro lugar, a otra dimensión....Al principio en la oscuridad,  el primer sentido que funciona es el olfato: un olor agradable, penetrante, que no era capaz de reconocer y que contribuía junto a esta penumbra, a crear una atmósfera de misterio, de irrealidad. Poco a poco fui capaz de perfilar objetos, algunos de los cuales no conseguí identificar. Eran ajenos a “mi mundo”. Mis ojos se llenaron de imágenes que no correspondían a esta época, que me transportaban más allá y de nuevo mi vista se alzó al techo, inmenso, alto, desnudo y ennegrecido por el humo del tiempo y fui capaz de distinguir algunas espigas de centeno.. Cuando mis ojos se acostumbraron a esta penumbra,  descubrí con sorpresa que su interior no estaba vacío ni diáfano como en las anteriores. Aparecía dividida en estancias de madera separadas por un pasillo interior que dividía la palloza en dos mitades. Era como si hubieran colocado cajones de madera uno a continuación de otro, con su techo bajo, por lo que la vista seguía perdiéndose  hacia el inmenso techo cónico. Y estaba también llena de sencillos objetos que nos hablaban de una vida cotidiana pasada contándonos cosas sobre sus gentes, como si fuera un libro en el que cada utensilio nos susurrara un capítulo distinto. Objetos inanimados, silenciosos, dejados justo en el lugar que les correspondía, como si de pronto sus antiguos moradores los fueran a utilizar.

A la entrada se encontraba una pequeña alcoba donde dormía el matrimonio de mayor edad. Posiblemente tiene la única ventana de la vivienda: una cama doble de tamaño justo, con colchón de paja, una cuna y otros enseres distribuidos por esta pequeña estancia, la dotan de una personalidad especial. De frente a ésta, las distintas estancias que se distribuyen a lo largo de este pasillo central corresponden a cuadras para animales  y sobre el techo de estas estancias se distribuían los habitantes de la palloza para dormir, aprovechando así el calor de los animales domésticos. En el centro, la cocina, corazón de este lugar, con sus utensilios, esperando a ser usados de un momento a otro. No era dificil imaginar las tertulias, las historias contadas al amor de la lumbre que ardía en  un pequeño agujero practicado en el centro, las risas o el trabajo silencioso sentados sobre unos bancos situados alrededor . Su rumor parecía tan solo temporalmente suspendido.  Una vez recorrida, mis ojos fueron escudriñando y deteniéndose en objetos, para mí curiosos y desconocidos, tratando de buscar su correspondencia con los que existen en “mi mundo”: unas raquetas para caminar por la nieve, una especie de cajón de madera abierto que utilizaban para meter a los niños pequeños, como un “taca-taca” sin ruedas, una especie de capa con capucha hecho en junco y que protegía del frío y de la lluvia, un banco con tres patas y unos marcados surcos en su parte superior que servía para lavar la ropa, que se correspondería con una tabla de lavar, un horno de cocer pan abovedado totalmente de piedra y un telar en el que se elaboraban todos los tejidos de la casa  y que tenía una labor a medio terminar como si en cualquier momento fueran a  aparecer para finalizarla.

Entre otras cosas, su dueño nos contó con la paciencia característica de las gentes que habitan lugares donde el tiempo solo orienta y no ordena,  que su mujer fue la última que nació en esta casa que estuvo habitada hasta hace tan solo 30 años. El tamaño aproximado de estas viviendas circulares sin chimenea,  era de unos 200 m2 y podían vivir hasta 4 generaciones con más de 20 personas. Su iluminación, es escasa por no tener apenas ventanas, pero mantenía una temperatura constante de entre 15 a 18ºC en cualquier época del año debido al poder aislante de la paja y al calor que desprendían los animales. 

Sobre estas viviendas  y forma de vida, he leido calificativos como “arcaica”, “atrasada”, “pobre” y esto podría explicar en parte su estado de abandono. Pero corresponde a personas más sesudas y formadas corroborar la veracidad de tales calificativos. Pero yo, con profundas raíces en el campo castellano, nieta, biznieta y tataranieta de agricultores, a cuyos abuelos fallecidos tan solo unos años atrás ha oido contar como las caravanas de carros tiradas por vacas recorrían el valle en septiembre hasta la ciudad para pagar en grano la “renta al señor”,  no coincido con esto. Estas viviendas son un ejemplo de integración en este medio y si bien vivir con el ganado puede resultar antihigiénico, esta forma de vida estaba impuesta por la necesidad de sobrevivir en un medio extremo y hostil, donde las nevadas invernales les dejaban frecuentemente aislados y de esta forma garantizaban la atención del ganado, suministrándoles a la vez calor y alimento. El límite entre este supuesto atraso o una “modernidad” quizás viene dado por la convivencia más cercana físicamente con los animales domésticos, y asociar esta proximidad con una forma de vida más característica de la edad media. Pero los enseres y herramientas que pudimos observar en esta palloza,  distan mucho de reflejar pobreza o atraso, si lo comparo con lo que poseían mis abuelos igualmente 30 años atrás.

Este tipo de viviendas, más que curiosas a los ojos de quienes como nosotros, no las hayan contemplado antes, son  un ejemplo vivo de integración armónica y adaptación a un medio duro y hostil, son un  museo al aire libre, un recorrido por nuestro pasado, por sus gentes, sus medios de vida, es un paseo por el tiempo capaz de despertar intensas emociones en quien se deje llevar y atrapar. Y nos sorprendió la variedad  de los enseres contenidos en esta palloza-museo, que nos mostraba la autosuficiencia de sus gentes así como de su riqueza particular.  Siempre que disfruto de un lugar único como éste, pienso en su futuro, en su conservación para generaciones venideras...Seguramente, un lugar como éste, en cualquier otro país europeo estaría guardado, protegido y conservado como lo que realmente es: una joya del pasado, de un pasado por otro lado no muy lejano pero que ha sido capaz de perdurar por sí mismo a  través de los siglos. 

Disfruté de este particular rincón que se ve no sólo con los ojos. Aquí, todo hablaba contándonos sus secretos haciéndonos protagonistas del lugar. En la iluminada vitrina de un moderno museo, todo parecería mudo y sin sentido.

Descendimos por las empedradas calles sin dejar de contemplar cada rincón de este museo vivo. El encuentro casual con algún que otro turista con sus coloridas ropas que contrastaba con el tono ocre y gris del lugar, nos hacía retornar poco a poco, retorno que completamos al oir el sonido del motor de nuestra camper. Y emprendimos camino descendiendo esta vez por la retorcida carretera disfrutando de sus vistas hasta entrar de nuevo en la provincia de León. Al final de este descenso apareció Balouta, del que nos dijeron que posee un par de pallozas visitables interesantes, pero no señalado así en la carretera ni en la información que yo llevaba, por lo que, lamentablemente, pasamos de largo. ¿Qué coste tiene elaborar un pequeño cartel informativo?. Ejemplos de esta escasa o nula información la tuvimos a lo largo de todo nuestro recorrido.

La carretera de Balouta a Tejedo transcurre por retorcidas carreteras de peladas sierras mostrándonos con su vegetación un clima duro y extremo. El mirador de Balouta, en la cima de un puerto, nos permite contemplar un extenso paisaje de esta serranía, donde se yuxtaponen picos y cerros.

Se desciende a un valle abierto donde aparecen pueblos de mayor tamaño y donde los niños pudieron contemplar lo que yo dejé de ver hace casi 30 años: arar con una pareja de vacas, sacando patatas. El yugo de mi abuelo que yo tengo de adorno, todavía es útil por estos lares.

Después de disfrutar de nuestra comida bajo unos inmensos castaños y pasar Vega de Espinareda, nos adentramos en otro valle con destino a Burbia y Campo del agua. Valle angosto poblado de robles por los que había comenzado a  entrar la primavera y que aún aparecían desnudos de hojas y de los que colgaban verdosos líquenes “lanudos”. La carretera aquí se estrecha, tanto que dudamos que pudieran circular autocaravanas, aunque en Burbia existe un camping.

En Burbia nos dijeron que el camino  hasta Campo del Agua estaba transitable así es que  pusimos rumbo para allá. Se me hizo interminable, tratando de sortear agujeros en los que caíamos de vez cuando. La camper parecía una coctelera y me empezó a preocupar. No pensábamos regresar por aquí, sino acortar  entrando en otro valle por Porcarizas a unos 2 km por camino de tierra desde Campo del Agua, pero mucho más corto que por donde íbamos ahora, así es que, si no hubiera sido por esta duda me habría dado la vuelta hacia Burbia.

Y llegamos a un barrio de Campo del agua, donde apenas quedaba una antigua palloza destinada a cuadra y alguna que otra casa construida recientemente. Cuando regresábamos un poco decepcionados, nos dijeron que tras una curva  estaba el resto del conjunto de Pallozas de Campo del Agua. Y tras echar a un grupo de tranquilas vacas que junto con sus terneros estaban despanzurradas en medio del camino, y que perezosas terminaron por retirarse, llegamos a otro “paisaje del pasado”.. El lugar era la representación gráfica de lo que había leído sobre las “brañas” leonesas: un terreno llano, en lo alto de las montañas donde se trasladaban familias  y el ganado para pasar el verano. Pero también  apareció un recuerdo de mi niñez, el recuerdo de una vecina, leonesa pura, de montaña, grandona, con un lenguaje rudo que  mi padre no consideraba muy adecuado para mis oídos, y que en los inviernos madrileños usaba unos extraños zapatos de madera de cortas patas, que no sabía leer y a la que había oído la palabra braña, como otras curiosas. Y recordé también algunas alusiones hechas por un entusiasmado profesor de antropología en la facultad refiriéndose también a estos lugares.

Era  una planicie, verde, con arroyuelos corriendo por laderillas, casi desarbolado, en donde se podía contemplar un conjunto de pallozas que ahora sólo eran una triste sombra de lo que un día fueron como fósiles del tiempo.

Al parecer, hace unos años ardieron varias y de algunas sólo quedaban las paredes, en otras el techo aparecía roído dejando entrever su esqueleto. Sólo eran recuerdos del pasado destinadas a su desaparición, traicionadas por el olvido y el abandono. Las pocas que quedaban agonizaban lentamente. El lugar rebosaba de una belleza especial difícil de describir quizás por que encerraba mil sencillas historias hechas de sudor y esfuerzo para sobrevivir en una dura tierra. Pude imaginar lo que había sido aquel lugar y reconstruí el conjunto, y lo llené de gentes, de ganado, de niños correteando alegremente...y la tristeza se apoderó de mí. ¿Cómo se podía dejar perder este lugar?. ¿Cómo podía haber perdurado en el tiempo  y perderse tan sólo en unos pocos años? Sentí como si demolieran un museo cargado de historia, peor, la demolición es rápida, el olvido y la ruina, lento e inexorable. Este sitio estaba habitado, había algunas construcciones modernas y a mis preguntas contestaron que ni la Junta hacía nada  ni les dejaban a ellos hacer.  Aunque lo interesante era el conjunto –o lo que quedaba de él- nos acercamos a alguna en particular y de pronto, tras una vimos lo que en un principio parecían una pareja de cabras domesticas por su tamaño, aunque no así por su pelaje y color. Apenas nos dio tiempo a identificarlas como corzos cuando se perdieron entre las altas retamas.

Serían las 7 y los niños sugirieron pasar la noche en este lugar, quizás con la esperanza de ver algún corzo  más. Pero pensamos que podrían bajar mucho las temperaturas en este lugar además de ser muy pronto, así es que comenzamos a descender. Este camino era mejor en cuanto al firme, pero tenía unas curvas endiabladas y en pronunciada pendiente que cambiaban de sentido con brusquedad. Esta vez el camino se me hizo corto y en poco tiempo aparecimos en Porcarizas en donde tomamos una carretera asfaltada en dirección a Villafranca del Bierzo que transcurría por un estrecho y bonito valle.
Estábamos dejando atrás este precioso rincón del Bierzo. En Paradaseca encontramos un lugar donde pernoctar. Después de darnos un paseo por este tranquilo pueblo, en el que solo vimos gente mayor, como en casi todos, cenamos y disfrutamos de un largo descanso pasado por agua.

2 de mayo. Las Médulas y el Valle del Silencio: Peñalba de Santiago


El itinerario previsto para este día incluía un paseo por Villafranca del Bierzo, visitar Las Médulas y por la tarde el Valle del Silencio hasta Peñalba de Santiago, pasando la noche por allí, pero sufrió alguna que otra leve modificación. 

Disfrutamos de  Villafranca del Bierzo, su calle del agua con sabor medieval, cruzándonos con varios peregrinos que hacían el Camino de Santiago. Hermosa ciudad,  y subimos en la camper hasta el castillo para echar un vistazo sobre él.  Luego nos acercamos al Monasterio de Santa María de Carracedo, declarado Monumento. Tras una hora, y no exagero,  de dar vueltas por carreteras locales sin encontrar ningún cartel indicativo, llegamos al Monasterio -¿o mas bien nos llevaron hasta él?-, no sin antes haber dudado de la importancia del lugar por la carencia de señalización. Y la verdad es que el sitio merece una buena parada. Monasterio cisterciense cuyos orígenes se remontan al siglo X, fue declarada Monumento Nacional y restaurado practicamente desde sus ruinas. Su visita nos resultó muy agradable disfrutando de ella. Aunque todo el conjunto merece un alto en el camino, nos gustó especialmente la sala capitular, tanto en su portada como en el interior, y el mirador de la reina por su parte exterior. Y pusimos rumbo a Las Médulas, estas sí perfectamente señalizadas.

Por una carretera que en algunos pueblos se hacía muy estrecha, y luego por una pista, accedimos hasta el aparcamiento del Mirador de Orellán. Desde aquí y dejando a nuestra espalda los pelados cerros de los Montes Aquilianos, subimos por una vereda a este mirador. Se abrió ante nosotros un paisaje impresionante: un conjunto de rojas agujas arcillosas que contrastaban vivamente con el color verde de la vegetación, se elevaban solitarias conformando un extraño paisaje de una belleza espectacular. Pero si además este paisaje se observaba en su vertiente humana y cultural, impresionaba aún más. A nuestra espalda, redondos cerros cargados de vegetación y frente a nosotros una muestra de lo que puede conseguir el ingenio humano cuando lo combina con las fuerzas más primitivas de la naturaleza, impulsado por su codicia y sed de poder: la demolición de montañas en busca de su oro, aunque sea tan solo en polvo.  Visitamos también la galería de Orellán de unos 650 m de longitud y hasta 2 m de diámetro en algún punto de su recorrido. Por aquí entraba el agua almacenada anteriormente en embalses y cuyas compuertas abrian  para que ésta recorriera con fuerza los túneles a fin de ocasionar su derrumbe. Primero construian un tunel o galería principal, abriendo después otras secundarias que desembocaban en la primera y que se pueden apreciar a ambos lados de esta galería.  Las medidas iniciales variaban entre 1,10 m y 1,90 m de altura y entre 1 m y 1,50 m de ancho. Su forma era ovalada para conseguir estabilidad y resistencia durante la excavación. Construyeron un auténtico laberinto en las entrañas de la montaña. El agua derrumbaba y arrastraba hasta los canales de lavado. De aquí a una especie de “piscinas” hechas con gradas y cubiertas de retama, donde se depositaba. El agua se evaporaba y procedían a quemarlas hasta obtener el oro en polvo. Impresionante proceso, sobre todo cuando además descubres que utilizaron un principio físico que sólo se enunciaría casi 18 siglos después: trazaron las galerías con sucesivos ensanchamientos y estrechamientos que conseguían disminuir la velocidad de avance del agua, con un inmediato efecto de aumento de la presión.

En el aparcamiento de Las Médulas no cabía un alfiler y comenzamos a sentirnos incómodos con tanta gente y a   añorar la tranquilidad y soledad de los lugares por donde habíamos pasado, así es que decidimos dejar este multitudinario lugar y salir en busca del Valle del Silencio, atractivo nombre. Pronto nos encontramos en un angosto valle excavado por el río Oza que a su paso dejaba rincones de ensueño. La estrecha carretera, por la que no caben dos coches y en la que hay que buscar ensanches en el terreno para darse paso alternativo, circula paralela a este cristalino río con una exuberante vegetación, dejando a ambos lados escarpadas pendientes. Aquí no se va a ninguna parte, tan solo al final del ruido, a un pueblo colgado en la falda de los Montes Aquilianos enmarcado en un grandioso paraje de nevadas cumbres atrapándonos con la magia de lo agrestre.

Es una lástima que durante el trayecto no se pueda disfrutar plenamente de toda esta belleza ya que la estrechez de la carretera obliga a permanecer de manera permanente atento a cualquier curva para ceder el paso o pasar. De hecho tuvimos dos desagradables incidentes que nos dejaron mal sabor de boca: en la maniobra de “yo me retiro un poco y tú otro, a ver si conseguimos caber” se nos metió una rueda en una cuneta que era una especie de acequia , estrecha y de más de 30 cm de profundidad, quedándonos inclinados  por completo. En ese momento pensé: “la grúa tiene que sacarnos”, pero hubo suerte y salimos con tan solo y aparentemente, una abolladura en los bajos, eso sí, al agacharnos a comprobar daños perdimos un móvil. Aunque normalmente la gente conduce despacio y con mucho cuidado, de vuelta coincidimos en una curva con un loco al que le falto muy poco, pero que muy poco para darnos.

Llegamos a final de esta carretera, dejamos la camper fuera y nos adentramos por las solitarias  calles de Peñalba de Santiago...y de nuevo aquí el tiempo se congeló: calles empinadas de piedra, casas con tejados de pizarra y balcones de madera que parecen haber formado parte desde siempre de este hermoso paisaje con el que parecía fundirse. Nada desentonaba, y todo formaba un armonioso conjunto, pequeño, recogido, apretado, silencioso, guardando celosamente sus quince siglos de  pasado. Piedra, madera, pizarra, cumbres peladas, vegetación agrestre, todo se combinaba aquí mágicamente para recrear un  lugar único escenario de otros tiempos. Caminamos disfrutando de esta joya hasta su iglesia mozárabe del siglo X, resto de un anterior monasterio y regresamos resistiéndonos a dejar este sitio tan especial. 

Eran las 7 y habíamos cumplido el itinerario previsto. Estábamos cansados quizás por que tratábamos de “digerir” no sólo lo que habíamos visto en tan sólo 2 días, sino por las emociones que habían despertado en nosotros y quizás también cansados por que había sido un viaje en el tiempo donde nosotros no decidíamos cuando entrar o salir, ni la duración de este “paseo por el tiempo”. Así que unido esto a que había trabajo pendiente a finalizar antes del lunes y que tan sólo 5 horas por autovía  nos separaban de nuestro hogar, decidimos regresar. Y los atascos que sufrimos nos hicieron regresar súbitamente al año 2003.

Pero aún retengo en mi retina lo que vi, y mejor aún lo que sentí y aun siento cuando regreso con mi recuerdo, y si son los años, que no lo sé, agradezco a éstos que sean los responsables de que algunos  lugares que recorro se introduzcan en mi ser de esta manera tan profunda, formando parte de míi hasta fundirse sintiendo extrañamente que soy parte de estas tierras y de sus gentes, por que el auténtico viaje es el que se hace cuando usamos el corazón.
Mayo de 2003
Mª Angeles del Valle Blázquez